Crónicas de mi vida en La Habana
Estos días que vivimos no son los primeros en que parece haber terminado todo sueño revolucionario comunista, ni mucho menos
En 1871 cuando la burguesía francesa se unió a los alemanes para derrotar la Comuna de París y fusilar veinte mil compañeros, fue Carlos Marx el que escribió: los canallas burgueses de Versalles plantearon ante los parisienses la alternativa: aceptar el reto o entregarse sin lucha. La desmoralización de la clase obrera en este último caso habría sido una desgracia mucho mayor que el perecimiento de cualquier número de «líderes», su lucha abnegada salvó la causa revolucionaria a pesar de qiesu amigoy Engels advirtiera sobre que la mayor desgracia de las derrotas es que los pueblos olvidan las causas por las que lucharon pero eso no ocurrió.
Marx y Engels fundaron la primera y la segunda Internacional y Vladimir Ilich Lenin la tercera, luego del triunfo bolchevique. Por ello, la siguiente gran derrota de 1919, en Alemania donde los “socialistas” de Ebert asesinaron a Rosa Luxemburgo se soportó porque seguía existiendo la Rusia soviética y lo mismo ocurrió cuando Franco y Occidente derrotaron la República Española en 1939
Luego de la segunda guerra mundial (1945) todas fueron victorias: la constitución de las democracias populares en Europa del Este, el triunfo de Vietnam sobre Francia, de Mao sobre los nacionalistas, de Cuba contra Batista y los yankees y la independencia de África contra las Europas.
La derrota de la Unión Soviética, en la larga guerra integral que Occidente lanzó en 1918 y retomó poco después de la caída de Berlín a manos del Ejército Rojo, fue entonces excepcionalmente dura porque cayó sin que casi nadie defendiera su tradición revolucionaria y antifascista, al menos en Europa.
Fue Fidel, que había anticipado que “si un día nos despertáramos y la Unión Soviética no existiera más, nosotros seguiremos siendo socialistas” y que promovió una serie de reuniones con dirigentes comunistas que dio lugar a la llamada Carta de las Cinco firmada en La Habana marzo de 1990 por los secretarios de los partidos comunistas de El Salvador, Argentina, República Dominicana, Honduras y Costa Rica.
El documento sostenía que el imperialismo, liderado por Estados Unidos, seguía existiendo y constituía el principal enemigo de los pueblos; fue un llamado a las fuerzas revolucionarias para que no abandonaran la lucha anticapitalista, reivindicando la vigencia del marxismo como herramienta de análisis y la necesidad de construir una alternativa al imperialismo, aprendiendo tanto de los aciertos como de los errores de las luchas del siglo XX
La carta se firmó en marzo y yo llegué a La Habana en julio, de modo tañ que me correspondió impulsar su difusión para lo cual se requería contactar con quienes representaran a los firmantes y estuvieran viviendo en Cuba. Con la ayuda de Manolo, rápidamente conocí a Mauricio de El Salvador y Guillermo de República Dominicana quienes fueron mis maestros en cómo moverme en ese espacio cuasi diplomático revolucionario que sobrevolaba La Habana en 1990.
El salvadoreño venía de la ofensiva del Farabundo Martí de noviembre de 1989 en que, por primera vez, las columnas guerrilleras entraron a la capital y por poco (tomaron hasta el Sheraton Hotel con toda clase de personalidades adentro) no voltean al gobierno de Cristiani, aunque se considera que la ofensiva obligó al Imperio a abrir las negociaciones de paz.
Mauricio había sido parte de la dirección de la escuela política del ala comunista del Farabundo, y fue el primero que me contó anécdotas y secretos del joven comunista argentino, internacionalista en sus filas, que cayó en combate en El Salvador (sobre él escribí un largo cuento “El Pañuelo”).
En la ofensiva, Mauricio cayó herido y siguiendo el protocolo guerrillero para esa acción, se quitó el uniforme guerrillero y se tiró con las tropas estatales heridas o muertas para que lo llevaran a un hospital desde donde la guerrilla lo rescató, con la información de las enfermeras, y el partido lo trasladó a Cuba para su curación definitiva.
Por su parte Guillermo venía de la tan cercana isla compartida entre Haiti y Dominicana, conocía La Habana como pocos y era un verdadero experto en tratar con la insufrible burocracia socialista que podía transformar el más sencillo de los actos, como comprar un hot dog callejero, en un desafío a la paciencia revolucionaria de cualquiera.
Y fue Guillermo quien me llevó a conocer a un “súper espia” de Cuba, alguien que no solo había estado en las “entrañas del monstruo” sino que se infiltrado en lo más podrido de su alma gusana cumpliendo misiones que ni siquiera ahora se pueden develar.
Cuando lo conocí, había vuelto a Cuba a morir por un cáncer incurable que lo obligó a interrumpir sus labores y pedir a la dirección revolucionaria que le permitiera morir en esas tierras tan queridas.
Aunque ni su nombre podemos enunciar, es bueno saber que la Revolución Cubana aprendió muy temprano a no confiar en el Imperio y que miles, sí miles, de sus mejores hombres lucharon en el más absoluto secreto hasta su muerte.
Un placer y una verdadera enseñanza leer los relatos compartidos. Muchas Gracias!!