Crónicas de mi vida en La Habana
Después que me injertaron la córnea en el Hospital Aimeijeiras de La Habana, tuve que hacer un reposo bastante extenso. Para cuidar el implante había que tomar una droga muy fuerte, muy eficaz, pero que bajaba las defensas y en ese tiempo la solución era aislarse por un mes.
Por ello, aprendimos a pasear a la madrugada habanera cuando casi no había gente por las calles y todavía el aire de setiembre se podía respirar con cierta amabilidad.
El primero que vino a visitarnos al departamento fue el medico de barrio, él tenía el padrón de todos los vecinos y le habían avisado del Hospital que a mi me habían operado y necesitaba control. Toco timbre y así empezó una amistad muy profunda que nos llevó a conocer su familia en San Antonio de los Baños, en el pueblo donde el santafesino Fernando Birri (de quien ya había visto su mítica Tire Die en los sesenta cuando la produjo en la Escuela de Cine de la Universidad del Litoral, el gran Gabriel García Marquez y el mismo Fidel Castro fundaron la escuela de cine más prestigiosa del continente
El joven medico de las familias hacía culto y propaganda de la medicina preventiva y en mi caso hacía los controles vitales sin que tuviera que ir a ninguna parte, él venía a casa.
Para los controles del ojo me llevaban al Ameijeiras donde cada tanto me veía el mismo cirujano que me había operado al que yo intentaba sonsacarle cómo había hecho para coser los bordes de la córnea injertada (Usualmente, se trasplantan los 8,5 milímetros centrales -de los 12 mm que mide una córnea normal- y la sutura que se utiliza es aproximadamente de la mitad del espesor de un cabello) a lo que él me explicaba que usaban lupas que aumentaban 20 mil veces la imagen y que habían aprendido mucho en la guerra de Angola.
Fue él el que me recomendó que de poder viajar conociera la Virgen del Cobre en Santiago de Cuba cosa que hicimos cuando me liberaron del aislamiento y Manolo consiguió pasajes de avión y un programa con el partido de Santiago de Cuba, la Sierra Maestra incluida (pero ese será otra crónica)
Por entonces, 1990, la medicina se convirtió en una de las pocas fuentes de divisas que tenía Cuba y a esos cirujanos en piezas fundamentales del programa de salud para extranjeros aunque sus ingresos no eran diferentes al resto de los cirujanos de los hospitales cubanos como aprendí años después.
En 1999, junto con Quique Guglielmotti, regresé a Cuba para un curso de la Federación Sindical Mundial que duró poco más de un mes; en ese mes un día me acerque al Aimeijeiras para visitarlo y hacer un control de mis ojos (a esa altura ya me había operado el derecho en Rosario con buena fortuna)
En la visita me di cuenta que el cirujano no tenía reloj y le propuse dejarle el mío, cosa que aceptó porque reconoció que le hacía falta. Extrañado le pregunté porque en esos años no le había pedido un reloj a alguno de sus pacientes extranjeros de los cuales el no recibía un centavo extra: aaah no, porque yo no le acepto un regalo a nadie que no sea revolucionario.
Reloj no tenía, pero conciencia de clase, una montaña más alta que la Sierra Maestra