Dedicado a Rogelio de Leonardi
Por una vida siendo lo que hay que ser
Sin importar las circunstancias
Eduardo Rosenzvaig fue un revolucionario de muchas virtudes pero muy poco conocido para casi todos. A lo mejor porque era tucumano, judío, comunista, docente e investigador de la Universidad Pública, experto en los temas de educación y ganador dos veces del Premio de Casa de las Américas de La Habana por sus obras “Etnias y árboles” y “Mañana es lejos”, una sobre la conquista del Gran Chaco, ese genocidio invisible para los argentinos y la otra sobre su propia infancia.
Su mayor virtud, en mi humilde opinión de lector suyo, era combinar la investigación histórica con el relato novelado dándole, inclusive, una vuelta de tuerca al estilo creado, por algunos, por Rodolfo Walsh en “Operación Masacre” o por Truman Capote con su “A sangre fría” y ese estilo alcanza su plenitud con “La oruga en el pizarrón”
Eduardo pretende resolver un dilema, que a primera vista es irresoluble: por qué razón, Isauro Francisco Arancibia, docente tucumano, dirigente máximo del gremio de los trabajadores de la educación, amenazado cien veces de muerte por la Triple A y el Ejército Argentino, que ha acompañado al cementerio a algunos de sus mejores compañeros, enterado de que estalla el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, resuelve volver al lugar donde vivía, que era el sindicato, tomar un viejo fusil de dos caños y sentarse a esperar que lo fueran a cazar.
Rosenzvaig, aunque no lo diga o lo sepa, actúa como indica Augusto Roa Bastos, el paraguayo creador de ese monumento llamado “Yo, el supremo” cuando escribe: “con documentos verdaderos se escribe la historia falsa, solo la ficción puede contar la verdad (“Bitácora del Almirante” su libro sobre Cristóbal Colón
Entonces Eduardo, como en un juego de espías, comienza a analizar, y descartar, una a una las posibles razones para el regreso de Isauro al sindicato hasta llegar a la conclusión final: el secreto no está en Tucumán, está en Santiago de Chile; no en la noche del 24 de marzo sino en el medio día del once de setiembre.
El ejército de Chile, al que muchos creían institucionalista, se ha alzado contra el Presidente Socialista; en la madrugada se han ido rebelando los barcos y las dotaciones; los tanques rodean La Moneda y un general pide hablar por teléfono con el presidente, al escuchar la propuesta de rendición, Allende le dice que se vaya a la puta madre que lo parió.
Ya todo Chile está bajo control militar, fascista, colonial pero Salvador Allende sigue en La Moneda junto a su guardia personal, algunos de los cuales son oficiales de las fuerzas armadas revolucionarias de Cuba.
Otro general, ahora por radio le intima a rendirse y Allende contesta también por radio en lo que serían sus últimas palabras públicas: “Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.” Y aún más, al final dice: Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición “
“Una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición “
Entonces, Eduardo entiende que ha resuelto el problema, Isauro volvió al sindicato como Allende se quedó en La Moneda, porque a veces, más de las que se quiere aceptar, no hay opción del mal menor, simplemente hay que elegir entre seguir siendo lo que cada uno fue y quiere ser o suicidarse moralmente, éticamente, seguir viviendo sin ser más lo que fue que es el peor modo de morir: sucumbir.
Unos años más tarde, puesto en una situación similar, amenazado no solo con su muerte, sino con el aniquilamiento del pueblo cubano si no renuncian al socialismo Fidel Castro, dice en un discurso imprescindible que las situaciones difíciles son difíciles y que en esas situaciones los vacilantes vacilan y los débiles defeccionan, pero que es el momento de prueba para los revolucionarios.
Insisto, para el debate fraterno, no es cierto que siempre haya un mal menor, que se puede entregar el honor para luego recuperarlo, que se puede fingir rendirse para luego decir que seguirán peleando.
Lo lamento, la vida no es eso.
Una vez que Eduardo resuelve el dilema, se sienta a escribir el final del libro como si fuera Isauro sentado junto a su hermano Arturo en la sede del sindicato donde poco después los matarían y le robarían los zapatos Grimoldi que le regaló su hermana. Por eso Eduardo diría luego: “no es justo que un maestro ande descalzo por el cielo”
Y escribió
“Cuando oyó las frenadas, algo lo empujó y se vio niño cazando tordos. Su madre que le acariciaba la cabeza. Vas a ser un buen maestro, le decía.
Si mamá.
¿Llevas compás?.
Si mamá.
¿Y el tiralineas?.
Si mamá.
Castelli también tenía madre cuando comandaba hombres libres en el Altiplano.
¡Saltá! le gritó a Arturo.
¡Saltá Arturito por el amor de Dios, andate con mamá, decile que tengo el compás y el tiralineas, saltá!
Pateaban las puertas.
Belgrano murió de un vomito de sangre porque amaba a su pueblo, el lo amaba, amaba la vida ¡carajo!, como Moreno cuando vio el mar, y desde chico decidió dormir con la cabeza hacia el lado que iba, apuntó la escopeta a la puerta, en esta estación me bajo, en las grandes alamedas con olor a verde, y entonces disparó como los hombres de los textos escolares, mamá ya soy maestro, ¡soy un maestro!, fue como una luz enorme, como si se hubiera hecho de día”Fue como una luz enorme, como si se hubiera hecho d
https://shorturl.fm/LkLxf
https://shorturl.fm/Ewoih