El ataque de las fuerzas armadas norteamericanas del día tres de enero contra la República Bolivariana de Venezuela, el secuestro de la pareja presidencial y la muerte de unas cien personas, muchas de ellas en combate y treinta y cuatro de ellos revolucionarios cubanos, la situación resultante: un gobierno institucionalmente continuador de Maduro con políticas indiscutiblemente condicionadas o impuestas por el gobierno agresor, que proclama provocadoramente que ha impuesto un protectorado, han disparado infinitos debates.
Hace muchos años, un intelectual argentino de la tradición nacionalista y popular, Hernández Arregui, apostrofaba a los que llamaba “inspectores de revoluciones ajenas” que so pretexto de limitaciones o errores reales o inventados, retaceaban la solidaridad en días difíciles.
No es mi caso, pertenezco a una tradición política argentina que siempre ha puesto la solidaridad con las y los que luchan por encima de toda diferencia ideológica o política, y hay cientos en el mundo que lo saben.
Pero desde la caída del Muro de Berlín no practicó ni la “fe” ni la “incondicionalidad”; solidaridad con las y los que luchan; y si alguien, sea quien sea no quiere o no puede luchar más, bueno, yo no lo acompaño porque se perfectamente que la única lucha que se pierde es la que se abandona, y que el que abandona ya perdió.
Es difícil discutir el tres de enero y sus consecuencias porque sabemos muy poco sobre los hechos militares, las discusiones y acuerdos de los gobiernos resultantes de Venezuela y EE.UU: y porque todo está contaminado por la guerra cognitiva de los EE.UU.
Cierto pero también es cierto que hay numerosos voceros oficiales y oficiosos de Venezuela que machacan con un discurso que tiene más o menos esta lógica: quisimos resistir pero no pudimos, la superioridad tecnológica era tan grande que antes de que comenzara la batalla nos paralizaron todas las armas y dispositivos de la defensa anti misiles, anti aérea y demás; por consiguiente “nos toca actuar en esta realidad” que sería de inferioridad militar absoluta y entonces corresponde ceder en casi todo menos en mantener la administración del país, no importa lo que se ceda.
Uno de los que más defiende este discurso es Ramón Grosfoguel que polemiza con los que difunden las teorías de traición, de obvia procedencia yankee, otro es Monedero que intenta convencernos que todo es igual a la estratagema de Lenin de volver en un tren sellado alemán para encabezar las luchas revolucionarias desde dentro de Rusia o con la Paz de Brest o con el periodo especial en tiempos de Paz que decretó el propio Fidel Castro en 1991.
Y estoy nombrando a los que mantienen un nivel de discurso que busca no desertar del antimperialismo y la revolución para no nombrar los incontables discursos que desde Telesur elogian la paz de los cementerios que les impuso EE.UU. o celebran la cesión de la soberanía jurídica en la nueva ley de hidrocarburos que contra toda la tradición del chavismo fija como sede judicial de cualquier controversia con los monopolios petroleros el CIADI como “garantía para atraer capitales extranjeros”
No voy a discutir todas las medidas tomadas por el gobierno post Maduro, ya he dicho que me parece correcta la Ley de Amnistía que como toda ley dependerá de su aplicación correcta, pero no acepto la base de estos razonamientos: no es cierto que el Imperio sea invencible, no lo fue ayer, no lo es hoy, no lo será nunca.
Predicar esa afirmación si que es derrotismo, criticar la obra de un gobierno revolucionario por el contrario es contribuir a fortalecer la lucha
En 1968, en Buenos Aires, se publicó en castellano la obra de un revolucionario vietnamita llamado Nguyen Van Giap titulada “El hombre y el arma” que afirmaba todo lo contario al discurso derrotista: el hombre es el factor decisivo en la guerra y no el arma y ese apotegma sigue siendo cierto y en su momento el pueblo vietnamita lo demostró.
Y es más, desde una perspectiva ideológica casi antagónica, el pueblo afgano también lo demostró derrotando uno a uno todos los intentos de sometimiento militar por parte de potencias extranjeras, la última de las cuales fueron los propios EE.UU. que terminaron huyendo como ratas de Kabul no hace mucho.
Si uno repasa los pocos relatos que trascendieron de la batalla del tres de enero, sabemos que un oficial cubano, herido en una pierna, con un arma de mano, estuvo a punto de derribar al helicóptero principal del ataque. También nos enteramos que toda la defensa venezolana estaba subordinada a una red digital que fue anulada fácilmente por el ejercito imperial de modo tal que casi no hubo respuesta hasta la llegada al lugar de descanso del presidente Maduro.
El hombre o el arma?
Sin otra información oficial venezolana, por ahora, habrá que considerar que la debilidad no estuvo en las armas sino en la estrategia de defensa que lejos de confiar en los hombres confió en la tecnología, para colmo extranjera, rusa o china no sabemos como tampoco sabemos si ambos países que no movieron un dedo para defender Venezuela ni antes ni después del ataque, le habían proporcionado la última tecnología o alguna vieja, ya superada por los yankees.
Es posible que el componente militar del chavismo haya impregnado a ese movimiento de un secretismo que se ha transformado en un boomerang. Nada se explica, nada se justifica, de todo se exige “confiar” pero este no es un tema religioso de creer o no creer.
Yo no cuestiono las concesiones siempre que se diga que son concesiones y no que se las disfrace de triunfos revolucionarios.
Antonio Gramsci decía que se puede y se debe negociar y hasta ceder todo, todo menos el poder, y los únicos que saben cuál es el límite son los que lo ejercen pero para salvar la revolución bolivariana deberían hablar con la verdad, con toda la verdad, porque no hay modo que consigan armas más eficaces que las de Trump, pero pueden y deben tener mejores guerreros que los marines dado que unos luchan por salvar la patria y los otros por el dinero y la soberbia.
El hombre y no el arma afirmó Nguyen Van Giap, la voluntad humana puede superar los límites de la capacidad de lucha de los hombres, en la lucha por un hombre nuevo irá surgiendo el hombre nuevo demostró con su vida heroica el Che Guevara.
Ni chips ni misiles, hombres y mujeres nuevos nos darán la victoria.
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